viernes, 12 de junio de 2026

¿Y si debiéramos abandonar la idea del deporte educativo?

Es una especie de verdad asumida eso de que el deporte es salud y el deporte transmite valores educativos. Sobre lo primero, es cierto dentro de ciertas condiciones de práctica. Sobre lo segundo, aunque estaría tentado a decir lo mismo, planteo un argumento totalmente contrario: que abandonemos las pretensiones educativas del deporte. Con esto no quiero decir que no haya otras opciones vinculadas a la educación física (ej., juegos, expresión corporal, prácticas corporales (parkour) como estilo de vida, etc.) que puedan ser educativas. Simplemente digo que el deporte, entendido como actividad esencialmente competitiva no debería pretender ser educativo. Supongo que tan polémica declaración merece una mínima aclaración. Vamos a ello.
Parto de la idea desarrollada por Norbert Elias sobre la concepción del deporte moderno como un invento socio-técnico (creado por un colectivo, no por un solo individuo) que permite experimentar un descontrol controlado de las emociones. Es decir, permite vivir emociones fuertes dentro de un entorno más o menos seguro. Esto toma una importancia vital en sociedades como las nuestras, donde gran parte de la jornada diaria se pasa de forma rutinaria en el trabajo y parece que hay gran demanda por desconectar y vivir emocionalmente de forma más plena durante el tiempo de ocio (el deporte es una opción dentro de ese ocio). No obstante, debido a la gran influencia que tuvo el sistema educativo sobre la concepción el deporte moderno en el s.XIX, tanto en Inglaterra (sistema de las Public Schools) como en Francia (Pierre de Coubertin y su concepción educativo patriótica con los JJOO), quedó fijada la idea de que el deporte era un excelente transmisor de valores. ¿Qué valores? Pues en aquella época que podríamos llamar amateur, se pretendía que el deporte fuera capaz básicamente de inculcar capacidad de liderazgo y un patriotismo exacerbado. Con el progresivo desarrollo del profesionalismo deportivo, el valor reinante pasó a ser obviamente el de la competición. Ganar era la más importante, si bien, debido a la influencia del amateurismo, debía ganarse de forma ética (fair play), dentro de unas reglas. Autores como J.M Brohm veían así el deporte como la coartada ideológica y el entrenamiento perfecto del capitalismo. “En la vida, como en el deporte…”. Así comenzaba un anuncio sobre deporte olímpico en la tele hace tiempo en el que se pretendía presentar el deporte como escuela de vida. A pesar de que se introduzcan otros valores que se puedan considerar más deseables (ej., trabajo en equipo), siempre estarán subordinados a la idea de competición y ganar (a los otros). La esencia del deporte y del capitalismo es esa y las posibles reformas que se quieran poner solo mitigan los efectos.
Pues bien, si atendemos a las dos ideas básica de las que hemos hablado hasta el momento, ¿por qué no podemos pensar en el deporte como ese invento socio-técnico en el que vivir emociones fuertes vinculadas a la competitividad, la agresividad, pero dentro de unos límites (unas reglas) que eviten que sean destructivas? Es decir, el deporte no debería ser escuela de nada en la vida, simplemente debería dejarnos “soltar” o “jugar” con esas tendencias (impulsos, instintos, pulsiones, etc.) peligrosas. Si no hacemos esa separación de lo deportivo con lo educativo, corremos el riesgo de alabar eso que pasa en la cancha deportiva (esas tendencias competitivas peligrosas) como modelo de lo que pasa fuera y acabamos encumbrando socialmente a los tiburones de Wall Street, a los tecno-bros que quieren conquistar la Luna y Marte y a los gobernantes que muestran una actitud implacable y se imponen a los demás. Llevamos demasiado tiempo pensando en que la competición es el motor y mecanismo más eficiente y justo (¡Ay meritocracia! Si yo te contara…) del desarrollo humano. Ese uso retorcido de Darwin por el cual la competencia dentro del mercado era el mero reflejo de la lucha por la selección natural y que solos los más aptos eran los que se merecían estar en la cúspide y ganar más que los demás (la vieja canción de winners & losers) es algo que ya propuso el darwinismo social decimonónico y proponen ahora los defensores ultracapitalistas del libre mercado. Poca atención se ha prestado hasta la fecha a la obra de Koprotkin, que identificaba como motor esencial de la evolución la cooperación, el apoyo mutuo entre congéneres de una misma especie. El muy cacareado hombre paleo cazador al que apelan los defensores del turbo-tecno capitalismo actual no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir si no era en grupo, apoyándose unos a otros para medrar en un entorno hostil.
Quizá nuestra organización como sociedad debiera basarse más en este principio de cooperación humana y no en una competición constante que nos lleva a la carrera hacia el desastre, tanto ecológico (destruimos la Tierra para irnos a vivir a una miera de planeta como Marte), como humano (tiramos millones de comida excedente para que el mercado no se desregule mientras hay parte de la humanidad que sufre hambrunas). Quizá nuestros impulsos competitivos deberían simplemente desatarse en momentos y entornos específicos (el deporte) y dejar de estorbarnos para organizar nuestras vidas en común de otra forma menos destructiva. Pero para ello, como decía el título de este escrito, lo primero que hay que hacer es dejar de pensar en el deporte como algo educativo.